domingo, 13 de julio de 2014

El terremoto de Cartago del 4 de mayo de 1910 (Parte III)

El terremoto de Cartago del 4 de mayo de 1910 (Parte III)

Autor Gabriel Molina: Los últimos días de Cartago Páginas Ilustradas, Año VII, números 257 a 260, noviembre, 1910

El Cuerpo de Saneamiento se había dirigido desde temprano al Cementerio, que se encontraba en un estado lastimoso y de inminente peligro. Luego que ya dejé a mis hijos mayores con algunos amigos sacando, de entre las ruinas de mí casa, algunas ropas y objetos indispensables para instalarnos de cualquier manera en otro lugar, como a las 3 p.m. del 5, me fui maquinalmente siguiendo un carretón de muertos, porque deseaba llegar al Campo Santo a ver en qué estado había quedado la molesta tumba de mi familia. El arriero no supo darme noticia de quiénes eran aquellas víctimas, y solo me dijo “ya he echado varios viajes y no se a quienes llevo”.

Por todo el trayecto encontré afanosos grupos de jóvenes josefinos mezclados con nuestros artesanos, ayudando a la obra de salvamento y repartiendo víveres entre los necesitados. Algunos se habían convertido en curanderos y en plena calle lavaban heridas, ligaban piernas, aplicaban árnica y repartían drogas conocidas, de las que más se podían necesitar en aquellos momentos.

Al llegar al fúnebre reciento noté que nadie entraba por el portón general sino que todos seguían la calle de la Arenillas, donde había otra puerta para la entrada de materiales. La elegante fachada de estilo toscano estaba partida horizontalmente a unos tres metros del suelo, y desprendida la esquina del noroeste. Todas las tapias que cerraban la parte nueva habían caído a uno y otro lado. De aquel sitio se exhalaban malos olores, que los trabajadores procuraban atenuar derramando desinfectante en gran cantidad. Gentes de Taras, de la Arenilla y de San Rafael, abrían grandes zanjas e iban depositando en ellas todos aquellos muertos anónimos que no tenían quién se doliese de ellos, ni quién les hiciese una sepultura aparte de las demás. Allí iban juntos grandes y pequeños. Hombres y mujeres, amigos y enemigos, porque el rasero dejó entonces de ser una palabra convencional para convertirse en conmovedora realidad.

Cuando dirigí la mirada a la parte de mausoleos y construcciones elevadas de nichos, en que la materia inerte yacía alineada con regularidad, y vi que nada había escapado de la destrucción, un sentimiento de espanto y de piedad se apoderó de todas mis facultades. La cuadrilla dirigida por don Alfredo Anderson, se encargaba de arduo y penoso trabajo de volver a inhumar los cadáveres que habían sido echados fuera de las bóvedas; pero como el número era muy crecido y perentoria labor, se resolvió incinerar los esqueletos que estuviesen completamente secos.


Vistas del cementerio de Cartago después del terremoto del 4 de mayo de 1910


La hileras elevadas de los nichos de la parte occidental se habían desplomado completamente, y al quebrase aquella estantería de ladrillo, las lápidas saltaron en pedazos. El extremo sur de esta sección. Como si se hubiese desmoronado una peña, se había venido abajo con todos los restos humanos que encerraba. Entre el promontorio de ladrillos y de bloques de argamasa se veían algunos ataúdes enteros, otros medio deshechos, cráneos, losas y huesos sueltos. Había esqueletos en posiciones más caprichosas, y calaveras asomándose a la boca de las sepulturas. Por todos lados fragmentos de mármol con inscripciones, columnas rotas, ángeles, cruces y adornos funerarios desplazados, estatuas echadas boca abajo o de espaldas y casi todos los mausoleos rajados o hundidos por completo.

La piqueta demoledora de los sepultureros iba descubriendo el interior de las construcciones y arrastrando hacia la hoguera sin ninguna piedad, las osamentas de muchos seres queridos. Cuando yo llegué a aquel campo de tristeza ya habían sido sacados de su tumba particular e incinerados frente a la misma, los restos de mis amados padres y hermanos, sin que hubiese sido posible evitarlo en aquellos momentos de dolorosa actividad. Jamás me había imaginado yo semejante escena: Había visto aterrados a los vivos, pero no desenterrados a los muertos, ni menos reducidos a cenizas. Cuán honda fue la emoción que entonces llegué a sentir, solo puede figurársela quien tenga perennemente vivo amor filial para los que ya duermen el eterno sueño. Recogí los pedazos de lápidas y los pocos residuos que quedaban de mis deudos, y comencé  a recorrer aquella necrópolis derrumbada. Con el mimo rasero habían sido nivelados todos, así que el descansaba en sarcófago de mármol, como el que esperaba su resurrección bajo siete pies de tierra. Lo deleznable de aquel suelo arenoso, tantas veces removido, hizo que no resistieran al terremoto multitud de elegantes y sólidos mausoleos, tales como el de doña Anacleta Arnesto, don J. Ramón R. Troyo, familia Peralta, Padres Echavarría y Carazo, familia Espinach, y de otros muchos.

El monumento de la familia Jiménez Sancho se presentó un curioso fenómeno, que representa gráficamente los movimientos del suelo. Un hermoso ángel de mármol, colocado sobre un pedestal cuadrangular, fue levantado del centro, luego deslizado hacia la esquina sureste y por último hecho girar un cuarto, hasta quedar de frente al norte, mirando el temido Irazú en vez del poniente que antes miraba.

Varias capillas de elegante arquitectura en que había altarcitos con delicados adornos, se aplanaron sobre la cripta más o menos profunda en que descansaban. Traté de averiguar qué número de muertos por el terremoto habían sido ya sepultados y nadie supo darme noticia, porque ni las autoridades, ni el guardián, ni los particulares  pudieron llevar cuenta exacta de las víctimas. Entre los que han llegado de la ciudad y de los barrios, me dijo un peón, creo que pasan de quinientos, y probablemente hay muchos más que todavía no han sido sacados de las ruinas. Aquí habrá trabajo para varios días, porque hay que volver a enterrar o quemar tal vez más de ochocientos cadáveres que han quedado descubiertos con el temblor; y siguió trabajando con su piqueta.

Yo me retiré enseguida de aquel sitio de tantos y tantos caros recuerdos, con el alma profundamente contristada y embargada por las más sombrías reflexiones: ¡habíamos escapado ilesos todos los vivientes en mi casa, pero ninguno de nuestros muertos se había liberado de la profanación del terremoto!

A la salida miré de pasada un epitafio que decía: “Acuérdate hombre que eres polvo”, y aquella lúgubre inscripción conque tropezaba casualmente, vino a aumentar la intranquilidad de mi espíritu.

A mi regreso del cementerio comencé a observar la mitad occidental de la ciudad, que tan azotada había sido por la inundación del Reventado en 1891, y me llamó la atención encontrar hacia ese lado mayor número de casas en pie, que por otras partes de la ciudad, como el hecho de que la mortalidad hubiese sido allí insignificante comparada con la que hubo por Los Ángeles y parte sudeste, donde los muertos y contusos se contaban por centenares, por más que después de la dispersión de la ciudad no se haya podido hacer sino un recuento muy deficiente de las víctimas, debido a multitud de circunstancias de todos conocidas. Se me dijo que por El Caracol, hacia el pie del cerro de La Lima, la destrucción de casas había sido poca, como en el caserío de San Blas, entre La Cruz de Caravaca y San Rafael, y es de suponer que en esos lugares el subsuelo sea más firme que en el resto de la llanura.

Varios fotógrafos y corresponsales de periódicos con actividad plausible recogían datos y sorprendían cuadros terroríficos para su información. El trabajo principal no era encontrar asuntos sensacionales sino seleccionar de entre muchos que se presentaban a la vez, aquellos más interesantes.
Un joven en una calle de Cartago, contempla los cuerpos de su padre y dos hermanos.
En todas las calles y solares estaban amontonados los cofres, roperos, camas, sillas y cuantos objetos se habían podido sacar de las ruinas; y en los fogones puestos al aire libre las cocineras preparaban las escazas comidas de que se podían disponer. De la capital había llegado un refuerzo de policía de orden y seguridad que se encargó también de muchos trabajos de salvamento, pues la policía de Cartago, estaba casi en su totalidad cansada y ya no podía hacer más de lo que había hecho.

Hubo la buena idea de aprovechar el galerón central del Mercado para instalar la intendencia, que bajo la experta dirección de don Federico Mora, hombre sereno, enérgico y complaciente a la vez, prestó utilísimos servicios, que no podrán olvidar jamás los sobrevivientes de la desdichada ciudad, como tampoco podrán olvidar las manifestaciones de simpatía y de confraternidad de todos los visitantes, así nacionales como extranjeros, que no solo distribuyeron entre los necesitados abrigos y comestibles, sino que ofrecieron sus casas, sus haciendas y sus recursos personales para alojar lejos del teatro de la monstruosa hecatombe a las familias desamparadas, entre las cuales había bastantes , que la víspera habían tenido holgura, comunidad, lujo y abundancia en sus casas, y sin embargo se veían compelidas a aceptar los donativos de la caridad. ¡Qué vida!

Muchas personas todavía no habían podido ser halladas por sus deudos y se suponía que estuviesen aterradas, pero no era fácil averiguar en qué departamento de sus respectivas habitaciones pudo haberles sorprendido aquel espantoso sacudimiento, que no dio tiempo de huir ni de abrazar a los seres más amados para darles la postrera despedida. Hijos que buscaban a su madre, madres que buscaban a sus hijos, la viudez y la orfandad, el desamparo y la miseria, he ahí las escenas que a cada paso contristaban el alma hasta de los individuos menos impresionables.

La noticia de que todas las poblaciones del país, profundamente conmovidas por la terrible destrucción de la metrópoli colonial, rivalizaban por ofrecer su protección a los cartagineses, fue como un bálsamo restaurador para muchos seres atribulados, que no sabían a donde dirigirse para no presenciar más tanta desolación y tanto estrago.
Don Manuel de Jesús Jiménez, encargado del servicio de emigración, comenzó a disponer todo lo conducente para enviar familias a otras partes. En esa tarea le ayudaba don Zacarías García, que se ocupaba en dar los billetes de ferrocarril a las personas que los solicitaban. La estación y sus alrededores se encontraban llenos de equipajes y cada cuál quería salir por el primer tren que estuviera listo; pero había que darle preferencia a los heridos, los cuales eran enviados al Hospital de San Juan de Dios y al Edificio Metálico de San José.  

La empresa del Ferrocarril prestó importantes servicios en el acarreo de trabajadores y de comestibles y en el transporte de los damnificados a otros lugares más tranquilos del país. Como al caer la torre del Carmen sobre la línea, frente al Hotel Siglo XX, la Compañía puso una cuadrilla de peones que no cesó de trabajar durante toda la noche del 5, tendiendo una línea de rieles provisional, mientras se podía despedazar el gran bloque de calicanto que estaba atravesado en mitad de la vía, y que había hundido el suelo casi un metro. Todos los otros desperfectos de la línea fueron arreglados con prontitud.

El correo y el telégrafo, instalados en carros de carga frente a la bodega del Ferrocarril, estaban materialmente abrumados de trabajo: de todas partes llovían centenares de telegramas y de cartas, que en su mayor parte, no llegaron a manos de los destinatarios, pues no era posible que aquella Babel, hubiese mensajeros capaces de encontrar a las personas que se buscaban: todos habían cambiado de residencia y no se sabía bajo que rancho o tienda de campaña estaba cada cual.

Ya por la tarde había llegado una gran cantidad de medicinas, que se repartían gratis a todos los que las solicitaban en el kiosco central. Hacia el anochecer se encontró a algunas personas muertas de inacción, seguramente, pues no presentaban heridas ni contusiones de ningún género. Los entierros se estos desgraciados pasaban en silencio, apenas alumbrados por una mala linterna. Al día siguiente, esto es el 6, la Botica Francesa había enviado un carro de medicamentos, vendas, hilas, biberones para niños, etc., al cuidado de empleados propios de la casa, entre los cuales tuve el gusto de ver a los estimables jóvenes Licenciado don Indalecio Saénz Pacheco y don Tito Chaverri, que con el mayor orden, esmero y solicitud  distribuían entre los necesitados las drogas que pedían.

Cuando oscureció, mucha gente del centro y de los alrededores había abandonado la ciudad y se había marchado para San José o para diferentes lugares de la zona atlántica. Lo  mismo hicieron casi todos los visitantes, porque no había los víveres que habían llegado, no bastaban para alimentar una gran población que sentía los crujidos del hambre.

La mayor necesidad indudablemente estaba en el Paraíso y en los barrios de Cartago, pues hasta allí no llegaban los auxilios tan pronto como se habría deseado ni en cantidad suficiente. De algunos edificios públicos como el Matadero y el Hospital, y de algunas empresas particulares como la Planta Eléctrica, lo mismo que de varias propiedades, el público arrancaba sin ningún reparo las planchas de hierro acanalado para improvisarse una mala vivienda, que por lo general se colocaba en los patios o solares o en aquellos pedazos d calle que no habían quedado muy obstruidos por los escombros. Pero daba verdadera lástima ver los centenares de gentes en la mayor miseria, sin un pedazo de gangoche siquiera, con que resguardarse del frío y sin hallar donde tomar ni una taza de café, después de tanta angustia y tanta privación.
Cuando oscureció completamente, volvió a reinar aquel silencio aterrador de otros días, y todos nos refugiamos en nuestros vagones o ranchos a comentar lo que habíamos visto y a comunicarnos, ya un poco más serenos, nuestras respectivas impresiones. ¿Qué casas quedan en pie, fuera del quiosco y de las estaciones y bodegas del ferrocarril, que no ofrezcan ningún peligro?, pregunté a uno de mis hijos, quedan, me dijo, las casas de madera de don Nazario castro, don Felipe Martín, la refresquería de don Pío Acuña y la casa de don Juan R. Mata en la hacienda El Molino. Además las piezas de bahareque llamadas El Mesón, de don Valerio Coto, donde los chinos han estado cocinando toda la noche anterior; y algunas casas de ladrillo como las de don Ricardo Jiménez, de don Quinto Vaglio, de don Francisco Peña, del Doctor don Alejandro Pirie y de don Serafín Saravia. Hay también muchas casas de horcones, aunque bastante deterioradas e inclinadas, hasta formar rombos en las puertas y ventanas, pero dentro de ellas no ha muerto ninguna persona, y se ha logrado sacar todos los muebles. El Bazar de los Hermanos Rivera, permanece en pie, pero dentro se dice que tiene grandes averías. Las casas de adobes, de ladrillo y de calicanto son las que han causado los mayores estragos.
    

Todos estábamos materialmente cansados, pero nadie sentía sueño: había por lo general una sobrexcitación nerviosa, que daba a los semblantes un aspecto de locura, con los ojos inyectados y los labios convulsos. Los rezos y las plegarias de gente arrodillada en media calle, a nadie llamaban la atención. Los gritos inconsolables de los que habían perdido algún pariente, se oían como quien oye llover; aquello ya no tenía remedio, y había que pensar en afrontar las consecuencias del desastre, que tenían por fuerza, que hacerse sentir de varios modos, no solo en la provincia sacrificada, sino en todo el resto de la República, que no podía permanecer indiferente ante tanta desgracia y tanto dolor. ¡Qué ejemplo de confraternidad más noble y más hermosa dio en esta ocasión Costa Rica!

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domingo, 23 de marzo de 2014

El terremoto de Cartago del 4 de mayo de 1910 (Parte II)



El terremoto de Cartago del 4 de mayo de 1910 (Parte II)

Autor Gabriel Molina: Los últimos días de Cartago Páginas Ilustradas, Año VII, números 255 a 256, octubre, 1910

A las 8 a.m. del día 5, la más noble y leal ciudad, era una pequeña Babilonia; estaba a esa hora invadida por millares de personas que habían llegado de la capital y de otras provincias. Todos querían prestar sus servicios en la mejor forma posible, pero no había orden ni disciplina, y así cada cual se fue a donde pudo, y trabajó como quiso, a excepción de las cuadrillas que venían organizadas como la de carpinteros, que se dedicó a construir galerones en las plazas públicas, y la de zapadores a buscar personas aterradas, recoger heridos y contusos, limpiar caños y acequias para encausar de nuevo las aguas que inundaban las calles y solares, y a cegar los escusados de pozo. Con este esfuerzo se logró sacar todavía con alientos a muchos infelices que habían pasado la noche bajo los escombros.

A cada paso se presentaban los cuadros más horripilantes. Un arriero conducía una carretada de muertos, que en su mayoría eran niños y sirvientas, y como notase que un brazo iba arrastrando, se detuvo, y con la mayor impasibilidad lo ató con una cuerda de las paredes, y colocó encima un saco que se entregaba a mi presencia, con el cadáver de un niño mutilado. Un hombre taciturno que conducía en sus brazos otro niño muerto, envuelto en una sábana, cruzaba silencioso por entre el hormiguero humano, sin permitir que nadie le ayudase a llevar su carga, de que él no quería desprenderse hasta dejarla en el campo santo. Sobre un montón de piedras y de palos, un anciano rodeado de su esposa y de sus hijos, permanecía en muda contemplación de su derrumbada choza, y cuando le pregunté ¿Qué tal le había ido? Me contestó con la mayor sangre fría, como si se tratase de algo que no le importaba ¡solo perdí un hijo! Por las calles, obstruidas en varias partes, como si por allí hubiese pasado un torbellino arrasando casas y confundiendo hasta las señales de las propiedades, transitaban grupos con maletas, en busca de los trenes, para marcharse fuera de aquel teatro de desolación, sin cuidarse para nada de lo que dejaban atrás.

En la esquina noroeste del parque, varios trabajadores sacaban las mercancías de nuestro amigo don Felipe Martín y las amontonaban en el suelo, bajo los higuerones, mientras otros con febril empeño removían pesados bloques de calicanto, bajo los cuales estaba sepultado Alberto Alfaro, joven de ejemplar conducta y generalmente estimado por su índole suave y complaciente. En el patio de una casa, los vecinos forcejeaban por meter dentro del ataúd el cadáver rígido de un caballero, que presentaba la más angustiosa contracción de amargura en su amoratado semblante. El popular y muy estimado Comandante Coronel don Macario López Arias, mantenía con severidad el orden entre sus subalternos, disponía de lo necesario para la inhumación de los muertos que se habían llevado a la Plaza de Armas, atendía con solicitud a cuantos reclamaban sus auxilios, repartía herramientas y no se daba un momento de reposo. Aquél fue un empleado que estuvo a la altura de su deber en tan críticas circunstancias. Los ladrones que se cogieron infraganti, fueron maniatados y enviados a la capital, y lo mismo se hizo con los reos que estaban en la cárcel, los cuales salieron ilesos y fueron conducidos a pie hasta la Penitenciaria, por una guardia montada de paisanos voluntarios, que se hizo cargo de tan arriesgada comisión. El soldado Antonio Lázcares, fue el único muerto dentro de la cárcel. Se puede juzgar del pánico que se apoderó de los recluidos, por el hecho de no haberse fugado luego de que fueron sacados de los calabozos, donde la guardia habría sido insuficiente para contenerlos en campo abierto.
Cartago después del terremoto de 1910

Por su parte, el dignísimo cura, Dr. Don R. Ottón Castro, no solo prestaba su auxilio material a los damnificados, sino que andaba de aquí y de allá, consolando a los atribulados o dando a los moribundos los últimos auxilios espirituales. Como a su ministerio se presentaban muchos casos perentorios que resolver, apresuró los trámites del desposorio, y casó gratuitamente, en donde pudo, a multitud de parejas. En compañía suya, fui a ver a Rafael Ángel Troyo, que agonizaba dolorosamente en el kiosco, en donde se había instalado el Cuerpo Médico, formado por distinguidos facultativos de la capital y de la extinta ciudad. Allí se hacían con toda solicitud las primeras curas a numerosos heridos y fracturados, que llenaban el recinto con sus quejidos y sus lamentos.

Del hospital acababan de sacar muertos a varios asilados y a la abnegada hermana de caridad Sor Vicenta: ¡Los inválidos se habían salvado todos! Caprichos del destino, dirán unos, misterios de la providencia, exclamaban otros. Frente al hospicio de huérfanos, lloraban las religiosas Belemnitas la pérdida de algunas de sus compañeras y de varias niñas confiadas al celo y dirección de ellas. Otro tanto sucedía en el hospicio de varones, donde los padres salesianos lamentaban el fallecimiento de algunos hermanos y sirvientes, y de tres huérfanos, y se preparaban a marchar sin rumbo fijo con más de un centenar de niños, que miraban con horror aquel simpático asilo debido al humanitario desprendimiento de espíritus netamente cristianos. La Cruz Roja y el Cuerpo de Ingenieros trabajaban con plausible diligencia en la repartición de vendajes, hilos, medicinas provisionales, en la asistencia de los enfermos e inválidos, en la traslación de heridos a San José, y en el cumplimiento de las disposiciones acordadas tropa y familias desamparadas, cuidar la higiene y demoler inmediatamente los lugares más transitados lo que ofrecía inminente peligro para los transeúntes.

Durante las primeras horas de la mañana comencé a saber detalladamente multitud de casos trágicos que había ignorado toda la noche, y sentí como una especie de remordimiento de no haber podido estar en todos aquellos lugares donde me hubiese sido posible, con una obra piadosa de misericordia. Supe de un primo hermano desnucado en la acera de la Iglesia de San Francisco por un bloque de la cornisa o de la torre, y de una hermana de este infeliz, muerta en su propia casa por una pieza de madera. Simultáneamente se me avisó de otra prima que estaba moribunda y que al fin expiró en el hospital de San José, con una costilla rota, por sacar a un niño que se había quedado en el interior de la casa; y de mi cuñada Angélica Blanco de Zavaleta, que vivía en la calle del ferrocarril hacia el lado de Los Ángeles, y cuya tremenda desgracia es de lo más horroroso que registra la historia de esta catástrofe, como se verá a continuación.
Torre de la Iglesia del Carmen que cayó sobre la vía férrea.

Oigamos el sincero relato que la señora Blanco viuda de Zavaleta, hace ella misma de lo que sucedió aquella noche de siniestros recuerdos: Después del 13 de abril, dice, mi marido José Zavaleta y yo dispusimos a tomar en la sala de la casa a las 5:30 p.m. el té que acostumbrábamos a los 8 p.m., para poder así retirarnos más temprano al rancho provisional de otros miembros de la familia. Al anochecer el 4 de mayo, estábamos en el lugar dicho con nuestros hijos Claudia de 7 años, Hernán de 5, y un poco más adentro la sirviente María Pacheco con un niño, de cuatro meses, en los brazos. Aún no habíamos acabado de reposar nuestra bebida, cuando fuimos sorprendidos por el terrible sacudimiento. Aquello fue instantáneo; como empujados por un resorte, corrimos hasta la puerta de la calle que no distaba ni cinco pasos, yendo adelante Hernán que era sumamente nervioso, y el cuál juzgo que cayó fuera de la acera, y después de él todos nosotros.

No acierto a explicarme como fue la caída, pero sí cuando me sentí fue en el suelo, completamente aterrada, oyendo gritos desgarradores en ni derredor, y yo misma gritando con todas mis fuerzas, porque la pared del zaguán nos había caído encima. Yo estaba boca abajo con la mano derecha cerca de la cara, y sobre mi costado izquierdo cayó boca arriba mi esposo. Como me quedaba un poco libre el brazo de ese lado, podía perfectamente pasarle la mano sobre la espalda y tocar la cabecita de la niña, que estaba casi entre los dos. José me llamó unas cuantas veces por mi nombre, y me preguntó si estaba muy herida, y ambos a la vez no cesábamos de gritar para que nos sacaran de aquel martirio, pero nadie respondía a nuestros lamentos ni a nuestros ruegos. De los niños no oí más que un grito penetrante de pavor, que aun resuena en mi corazón.

Llamé a la niñita y como no me contestó, le acaricié la cabeza, y me dije: ¡Ya está muerta! Como el chiquitín salió tan presto adelante, me imaginé que estaría vivo, en la mitad de la calle y aunque le llamaba y no me respondía, abrigué la esperanza de que nada le había pasado y que se habría ido al rancho de la familia o algún otro punto de la vecindad. A toso esto, cada vez que oíamos gente repetíamos a grandes voces que vinieran en nuestro auxilio, más todo era en vano. A alguna persona le oí decir: espere ¡Ya Vamos!, y nada: guardamos un rato de silencio y oímos que de la casa vecina sacaban primero a una persona, y después a otra, y mientras tanto nosotros agonizábamos por la tardanza en socorrernos. Habrían pasado unas dos horas en tan terrible angustia, cuando oímos pasos, y con la fuerza de que éramos capaces nuevamente, que por Dios nos sacaran.

Se oían varias personas, tal vez tres o cuatro, y al llegar frente a la puerta donde nosotros estábamos, comenzaron a encender fósforos. ¿Qué es?, preguntó uno de ellos, ¡un niño!, dice el del fósforo, ¡he tropezado con él! ¡Sí, sí es un niño!, repetían los demás, quienes no cesaban de prender fósforos. ¡Pero está muerto!, ¡pobrecito! repetían en coro, ¡Sáquenlo!, les contestamos, ¡es hijo nuestro y nos lo llevan al rancho de enfrente, de don Santos León II!,  ¡aquí estamos otros más aterrados, ayúdennos!,  ¡si, ahora volvemos!,  nos contestaron, y se fueron enseguida, sin hacer nada. Noté que la voz de mi marido, al dirigir a aquellos hombres sus angustiosas súplicas, era cada vez más lánguida y apagada. Luego le oí quejarse; así permaneció un rato largo, le hablé y ya no me contestó. Pasé mi mano por su espalda y le repetí mi voz, pero ya no le volví a oír más. Comprendí que ya había muerto, y me dije: ¡Solo falto yo, esto no tardará mucho, que se haga la voluntad de Dios!,  nada me impresionaba la muerte, sabía que solo yo faltaba, y resignada esperaba mis últimos momentos. Lo único que deseaba era morir al aire libre, y no bajo aquella pesada masa de escombros. Pero era imposible, mi última esperanza se desvanecía. Las únicas voces humanas que se escuchaban eran la de mi cuñada María y la de su esposo Adolfo Rojas, que con tres hijos y la sirviente habían corrido la misma suerte que nosotros, con pared de por medio.

Como los sacudimientos de la tierra eran tan fuertes y tan seguidos, las maderas y vidrios crujían de un modo horrible, y los cuerpos pesados seguían cayendo con estrépito. Mientras tanto, nuestros cuerpos estaban más y más oprimidos, y apenas me quedaba con acción la mano derecha, con que procuraba medio limpiarme la cara, para quitarme algo que me estorbaba, y que supuse fuera ya el sudor de la muerte, pues a ninguna hora sentí que pudiera tener tan heridas mi cara y mi cabeza. Resuenan pasos, renace mi esperanza de morir al aire libre y con los auxilios necesarios, y grito a más no poder; pero no oían aquellas gentes de Dios, o no hacían caso; eso no lo sé.

Transcurrido un largo, muy largo rato, y de nuevo oí pasos como de una persona sola. Mi esperanza aún no se había debilitado del todo; quería morir, como dije, al aire libre y con los auxilios que nuestra santa religión ofrece. Grité y repetí mi súplica. ¡Voy para allá! Me contestó una voz varonil; ¡pero grite otra vez para saber donde está!, ¡aquí aquí! Le contesté con voz casi desfallecida, ¡va a esperar un momento porque yo solo nada puedo hacer y por ahí se oyen más personas aterradas!, ¡como que ya viene gente, son dos hombres, alto amigos, vengan en mi ayuda, que urge mucho, no podemos, vamos precisados!, contestan los transeúntes, ¡cómo, si no vienen inmediatamente los tiro, soy autoridad!, en medio de mi tribulación bendije aquella voz enérgica que venía en mi auxilio, y comprendí que, intimidados los pasajeros se acercaban a ayudar a un policial, que era quién nos requería. ¡Tome usted esta linterna! Le dice a uno en tono severo, y vengan pronto. ¡Tiembla, Santo Dios, Santo Fuerte!, ¡Espere espere!, ¡pero que les va a caer aquí, cobardes, si ya todo está caído! ¡Pasen pasen, grite otra vez señora, para fijar el sitio donde está usted! ¡Aquí estoy! Grite con suprema ansiedad.

Vista del kiosco

Sentí que comenzaban a remover y apartar los escombros, y cuando primeramente me descubrieron la cabeza y pude respirar con libertad, parecía que me hubiesen quitado de encima una montaña. ¡Pobrecita, ¿quién es usted señora?! Dijo el policial. ¡Angélica de Zavaleta! Le contesté. ¡¿Cómo?! ¡La señora de don José! ¡Sí señor, la misma! ¡Ah, sí está usted inconcebible, por el lodo y por la sangre de que está cubierta su cara! ¡Bueno, aquí a mi lado está él, lo sacan también si me hacen el favor! ¡Si señora, con mucho gusto, si está vivo! Continuaron apartando escombros, con las manos, y de pronto se detuvieron. ¡Tiembla, salgamos fuera, mientras pasa! dicen los peones. ¡No sean cobardes, esto precisa, la señora va a morir! Les replicaba el jefe. ¡Acerquen la luz; si, es verdad, aquí esta su esposo, pero está muerto, señora! ¡Aunque este muerto, sáquelo, y dos niños más que están aquí, y una sirviente que está gritando todavía un poco más adentro! ¡No señora, su esposo ya murió, y ahora vamos con los vivos que se oyen por ahí!

Cogí la cabeza de José para convencerme de si era o no cierto lo que se me decía, y como vi que no me engañaba, no sé lo que sentí. ¡Yo le sigo, por dicha, creo que moriré pronto!, les dije. ¡De verás, esta señora ya no tarda en morir!, repitieron todos a media voz. Luego, dos de ellos, con el mayor cuidado me colocaron en la línea férrea, mientras el tercero alumbraba con la linterna. ¡Aquí la dejamos!, me dijeron, vamos a socorrer a los otros que gritan. No muy tardado estaban allí con Adolfo, el esposo de mi cuñada María. Por último, sacaron a mi cocinera, muy herida pero con la niñita sana. ¡Aquí los dejamos mientras amanece, porque hay que ir a atender a otras víctimas, son pasadas las doce! ¡No no!, les contestamos a la vez, ¡llévennos a ese rancho de en frente, allí tenemos familia!, y añadí: ¡si llévenme pronto porque siento gran frío y además está lloviendo mucho, es una caridad, tráiganme agua, porque me muero de sed! El policial previsor sacó una media botella de vino y me ofreció un poquito para reanimarme. ¡Está bien, vamos a llevarlos!, repuso. En ese momento salían a nuestro encuentro don Santos y mi cuñada Luisa, quienes indicaron la senda que se podía seguir entre los escombros para llegar al rancho. Me colocaron en una cama, luego trajeron a Adolfo, y por último a mi sirviente con su niñita. Allí fui atendida esmeradamente por la familia que paso el resto de la noche poniéndome paños en las heridas. Mi suegra que vivía un poco retirada, y que ignoraba nuestra situación, llegó en la mañana. 

En seguida llegó mi cuñado don Ramón M. Quesada, lo mismo que el profesor don Alberto Brenes, y todos ellos se disputaban mi curación. Don Ramón al ver el estado en que me encontraba, inmediatamente salió en busca de médicos, y a poco rato volvió con el Dr. Dos Elías Rojas, quién ordenó que me trasladaran al kiosco para hacerme las primeras curas y de allí conducirme al Hospital San Juan de Dios de San José. Yo no pude ver, después de desaterrados, a ninguno de mi casa, y solo supe que el apreciable caballero don Juan Brenes A. se encargó de recoger los cadáveres y darles cristiana sepultura. ¡Dios se lo pague!

Hasta el hospital me acompaño mi sobrina Evangelina Quesada Blanco, y puedo decir que la travesía de Cartago a San José, se hizo eterna por los dolores que sentía, por la incomodidad y por los ayees de los otros heridos que iban en el mismo tren. Llegué a las 9 p.m. al hospital, donde fui recibida con maternal solicitud por la ejemplar y virtuosa hermana Sor Vicenta, la cual me hizo conducir a uno de los salones de cirugía. Los doctores Pupo y Cordero, desde el momento que me vieron, aunque no dieron esperanzas de vida, se tomaron el más alto y humanitario empeño por salvarme, y hoy, después de cuatro meses de asistencia médica, puedo decir que gracias a Dios y al poder de la ciencia, lo mismo que al generoso desprendimiento de todas las personas caritativas que se han interesado por mi desgracia, y para quienes mi gratitud será eterna, puedo contarme entre los sobrevivientes de la destruida ciudad de Cartago.

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domingo, 16 de marzo de 2014

El terremoto de Cartago del 4 de mayo de 1910 (Parte I)



El terremoto de Cartago del 4 de mayo de 1910 (Parte I)

Autor Gabriel Molina: Los últimos días de Cartago Páginas Ilustradas, Año VII, números 253 a 255, octubre-diciembre, 1910

El miércoles 4 de mayo hubo un recrudecimiento de las conmociones terrestres, que fueron ese día, funesto día de Santa Mónica, más frecuentes, y algunas de intensidad alarmante. La tarde se presentó apacible y despejada, una risueña tarde primaveral, que reanimó los decaídos ánimos, haciendo olvidar un poco los sustos y congojas del día. El crepúsculo iluminó con una luz rojiza y sanguinolenta las altas cimas del Irazú, y tiño por última vez de pálidos reflejos los altos campanarios. Muchas personas salieron de paseo por los corredores, otras se refugiaron temprano en sus provisionales dormitorios, y no pocas, por desgracia, habían entrado en compañía de las sirvientas a sacar ropas o dar algún alimento a sus niños antes de acostarlos.

Mi esposa y parte de mis hijos se disponían a salir de la casa para irse al carro de ferrocarril, cuando un hecho providencial los reunió a todos en un corredor angosto, frente a un jardincito; alguien tropezó con un frasco de olominas o pececillos de acequia, lo volcó, y todos se agruparon a recogerlas. En esa actitud estaban, cuando a las 6:50 p.m. sintieron un fuerte sacudimiento del suelo, que se levantó como una ola y bajó violentamente como si hubiese habido una explosión subterránea a poca profundidad. El formidable estruendo los atemorizó; quisieron ganar la salida por el zaguán, pero las paredes cerraron el paso, cayendo una sobre la otra; vieron un boquete de luz en un dormitorio, por allí se precipitaron gritando, asidos unos de otros y lograron pasar maquinalmente por el sobre el techo ya aplanado de aquel aposento y de la sala, hasta la calle, que estaba cubierta por montones de escombros. Todas las paredes habían caído en diferentes direcciones y solo el estrecho corredor había permanecido firme, como para proteger al amor y a la inocencia que allí estaban representados por mi esposa y por mis hijos más pequeños.

Sismograma del Terremoto de Cartago del 4 de mayo de 1910.

Yo me hallaba en esos momentos acostado, hacia la esquina de un cuarto independiente con puerta al exterior, y leía un periódico mientras salía la familia. Oí como la detonación de un rayo o de un cañonazo y sentí un golpe brusco por debajo de la tijereta que me levantó y me deslizó hacia afuera, boca arriba y con la cabeza hacia el sur, por una brecha que se abrió de alto abajo, exactamente detrás de mi cabecera. Simultáneamente la luz de un relámpago me permitió ver la furia con que eran lanzados los fragmentos de las paredes del cuarto a uno y otro lado, cuál se hubiese estallado allí una bomba de dinamita, y el vaivén del artesanado, que parecía venirse sobre mí, pero que afortunadamente recobró su centro de gravedad, no se hundió y quedó descansando sobre la puerta, casi doblada y sobre unos pilares de roble. Un golpe que había recibido en la cabeza me desconcentró un momento y al levantarme, sin tino, ya iba a entrar de nuevo al cuarto, cuando uno de mis hijos mayores, que ya venía en mi busca, después de haber puesto en salvo a la madre y a las hermanitas, me tiró fuertemente de un brazo y me arrastró hacia afuera.

Al untarnos bajó una densa polvareda que nos asfixiaba, atónitos y sin darnos cuenta exacta de lo que sucedía, noté que faltaban tres de mis hijos, pero todos se habían salvado milagrosamente y en seguida llegaron a reunírsenos. Sorprendió el terremoto al mayor, en la central eléctrica, donde los transformadores cayeron, no dándole tiempo más que para desconectar instintivamente el aparato y escapar por la pared del fondo, que se derrumbó hacia atrás, sobre la propiedad de don Jesús Pacheco Cabezas, a quién encontré ya muerto. Junto a la casa esquinera del ingeniero don Nicolás Chavarría M., casa sostenida por horcones y que no cayó, estaba mi hijo menor Jorge con otros compañeros, al sentir aquel movimiento extraordinario que no le permitía sostenerse en pie, se tendió en cruz sobre el suelo, hasta que logró incorporarse y partió en carrera, llorando, a buscarnos y abrazarnos. Y a una hija adoptiva, que regresaba de visitar a sus amigas, el vaivén la rechazó en el momento de entrar a la puerta de mi casa, y cayó fuera de la acera; intentó levantarse, pero la trepidación la hizo rodar hasta la mitad de la calle, sin que la alcanzasen los escombros, que saltaron simultáneamente hacia afuera. Además, se había salvado dentro de mi casa la cocinera, y en la calle un negrito sirviente, a quién encontré sano y alegre al siguiente día, inspeccionando ruinas, sin preocuparse por nada.

Repuesto un poco de la primera impresión, por de pronto yo no pensé en terremoto, pues se me figuró, por el inaudito ruido, y por la repentina claridad, que había percibido, que en mi casa debía haber caído un rayo y que en ninguna otra había desgracias que lamentar. Sugestionado por esa errónea idea, y apenas disipada un poco la sofocante nube de polvo, me encaminaba casi a tientas con los míos hacia la estación del ferrocarril, cuando vi hacia el lado norte abrirse la oscuridad, como en un surco de luz rojiza y cerrarse inmediatamente. Cruzaba en esos momentos, como del NE al SW, un bólido, que hizo pensar a algunos en una erupción del Irazú o del Turrialba, y a otros, en algún fenómeno atmosférico producido por la aproximación a la Tierra del temido cometa Halley. Este meteoro fue visto de casi todas las poblaciones de la meseta central, y por las aseveraciones de personas fidedignas, se cree que cayó en el Golfo de Nicoya, frente a Tivives.

Apenas se instaló de nuevo mi familia en su albergue rodante, comenzaron a llegar en tropel gentes de todas edades y condiciones, que huían horrorizadas, gritando desesperadamente, implorando misericordia, pidiendo auxilio y proclamando a voz en cuello los siniestros personales de que cada cual tenía conocimiento en su vecindad. Las mujeres, en su mayor parte accidentadas, pedían agua y no se conseguía. Hubimos de compartir nuestro alojamiento y unas escazas provisiones que se habían llevado allí durante el día, con más de diez personas extrañas que buscaban refugio, pues la lluvia comenzaba a desatarse sobre la muerta ciudad como un copioso llanto de la naturaleza después de su obra exterminadora.

Aquella espantosa lobreguez en que no se descubría una luz en el suelo, ni una estrella en la altura, crispaba los nervios hasta de las personas más serenas y equilibradas. Al clamor humano, que era un alarido desgarrador, se unían los aullidos de los perros, que corrían de acá para allá en busca de sus amos; el graznido de las aves que revoloteaban enloquecidas; el estruendo de los pesados muros y armazones que seguían derrumbándose poco a poco, pues la tierra prosiguió temblando fuerte a cada rato, durante toda la noche y el día siguiente, como si estuviera atacada de un escalofrío nervioso; y las voces de alarma de la policía para evitar que los transeúntes se enredasen en los alambres de la luz, caídos al suelo con todo y postes.

Cada cual se dedico desde el primer momento a auxiliar a sus deudos o allegados, y entre la oscuridad los grupos se cruzaban poseídos de una amistad indescriptible en el paroxismo de la desesperación. El trajín humano, semejaba el desorden de una colmena, cuando se derriba de un hachazo el árbol que la sustenta.

Las autoridades, en su aturdimiento, no hallaban que órdenes dar, ni quién las cumpliese como se debía en aquellos momentos. Los telégrafos y teléfonos quedaron rotos y abandonados, y nada se hizo para restablecer la interrumpida comunicación, de modo que el Gobierno y el resto del país, no supieron sino bastante tarde la desgracia, primero por un español que llegó de Cartago a comunicar la noticia al señor Presidente de la República, y luego por un mensaje del Lic. Don Luis Anderson, puesto desde Tres Ríos al Primer Magistrado.

Poco más tarde ya, supe la triste muerte de multitud de amigos y conocidos, y de bastantes sirvientas y niños que permanecían aterrados pues no había brazos suficientes ni herramientas, ni siquiera luz para orientarse en aquella confusión de ruinas. Centenares de heridos, de quebrados y contusos eran sacados a la mitad de la calle, y allí se dejaban mientras se acudía al socorro de otros más necesitados.

Como la cañería se había roto en varias partes, escaseaba para los reconcentrados en los cobertizos que había hecho de antemano la Junta de Socorros. En altas horas de la noche, la glorieta del Jardín Central estaba trasformada en Hospital de Sangre, y luego la Plaza de Armas se convirtió en una especie de “Spoliarium”,  a donde iban llegando en macabra procesión de todos lados, en hombros, en camillas, o sobre una hoja de puerta, las víctimas que habían perecido en la lucha desigual con los iracundos elementos. Allí se alineaban los cadáveres sobre el césped, algunos cubiertos por una sábana, otros sin ningún abrigo, muchos deformes e irreconocibles, materialmente aplastados, y gran parte sin lesión ninguna, pero amoratados y con el gesto de una agonía cruel producida por la asfixia.

Cuando pasadas las 3 de la mañana llegó a pié el señor Presidente de la República, Lic. Cleto González Víquez, acompañado del Presidente electo, don Ricardo Jiménez y de varios caballeros de la capital, hubo como una especie de desahogo, como un gran consuelo, al saberse que la metrópoli costarricense no había sufrido casi nada, y que los socorros no se harían esperar mucho, como así sucedió. Restablecida la comunicación telegráfica, cuya oficina se instaló en un carro de ferrocarril, por activos empleados venidos de la capital, el señor Presidente impartió sus órdenes, para socorrer a la damnificada población.

En aquella fatídica noche que se hacía interminable por la ansiedad con que todos esperábamos la luz del sol, es casi increíble como lograron muchas personas salvarse debajo de una mesa o de un mostrador, ni como pudieron otras tener la fortaleza necesaria para desaterrar a sus deudos, sin otro instrumento que el de sus propias manos. En aquella memorable noche, no hubo un momento de reposo ni para el espíritu ni para el cuerpo, de suerte que cuando al siguiente día comenzaron a llegar los primeros individuos de salvamento con provisiones y visiblemente conmovidos; y al ver la impavidez con que muchas personas iban y venían, llenas de lodo, con vestidos rotos y ensangrentados, y la indiferencia con que miraban todo, sin lanzar ni siquiera una queja, creyeron encontrar en los abatidos cartagineses únicamente seres idiotizados. NO, aquel decaimiento era el efecto natural del cansancio físico después de una faena abrumadora, del hambre, de la azarosa vigilia, y más que todo, del sufrimiento moral exacerbado por las fuertes emociones.

Poco antes de las cinco de la mañana, salí de la estación del ferrocarril con rumbo a mi casa, que estaba situada unos 300 metros al sur, y ya vi llegar de San José multitud de personas a caballo, resueltas a ponerse a las órdenes de alguien y a trabajar enseguida. Les indiqué en dónde podían encontrar al Gobernador don Arcadio Quirós, y siguieron adelante. Me situé frente al antiguo Hotel Aguilar del que no quedaba nada absolutamente en pie; un montón de escombros casi cerraba el paso y obstruía los desagües. Gentes de los barrios llegaban por todos lados, y referían como habían quedado sus respectivas localidades, y en que angustias habían pasado la noche. Arrabal, Taras, Quircot, Arenilla, Tejar, Tobosi, Aguacaliente, La Puebla, San Rafael, Tierra Blanca, Cot, Paraiso, todas las poblaciones dispersas por el extenso valle y por las faldas volcánicas, estaban en ruinas. No puede ser, me dije, y por el momento pensé que había mucha exageración en aquellas afirmaciones tan sombrías y desconsoladoras.

Llegue enseguida a la Plazoleta de San Nicolás, y cuando vi aquel precioso relicario, primer edificio gótico que se levantó en el país, y que apenas tenía unos 27 años, derrumbado hacia el frente, con los muros despedazados, y entrando la claridad de la alborada por la ojivas del hundido presbiterio, entonces comprendí que no había exageración en los deciros de los campesinos; sentí una fuerte opresión que hizo asomar las lágrimas a mis ojos, y perdí las esperanzas que abrigaba de que hubiese quedado habitable siguiera una parte de la ciudad. Fue hasta ese momento, cuando descorrido el velo mortuorio de las tinieblas, llegué a darme cuenta de la magnitud de aquel inaudito desastre, que arrasaba totalmente mi ciudad natal, la tranquila y amada ciudad de mis antepasados. Pensativo, y sin atreverme a avanzar, allí permanecí como clavado al suelo, sin poner atención a las preguntas, exclamaciones ni gritos de los transeúntes, hasta que vino la luz del día.

Mapa de las áreas de la ciudad de Cartago destruidas durante el terremoto del 4 de mayo de 1910.

Que amanecer tan memorable y aterrador el del 5 de mayo. La aurora, que es siempre un espectáculo sonriente, me parecía entonces una luz funeraria alumbrando los despojos de la muerte. Aquella tristísima alborada me produjo una impresión mil veces peor que la del terremoto mismo, que al fin y al cabo nos había dejado a todos semiinconscientes para podernos dar una idea clara de lo sucedido.

Llegué por fin al centro de la hermosa avenida central, frente a la Botica Pirie, y solo descubrí un horizonte de ruinas amontonadas unas sobre otras, y multitud de personas, que iban y venían con febril actividad o escarbaban con diligencia entre aquellos fragmentos de la ciudad martirizada. Distinguidas matronas, bellas señoritas, campesinas humildes, casi todas con sus vestidos cubiertos de lodo, se abrazaban con efusión, se comunicaban sus impresiones y daban rienda suelta a sus lamentos y a sus lágrimas, en forma tan conmovedora que hasta los extraños, que comenzaban a llegar de afuera, se quedaban atónitos y dejaban asomar el llanto a sus ojos. En medio de tanta tristeza sentía uno verdadera alegría cuando volvía a encontrar vivos a la mayor parte de sus semejantes, aunque antes hubiese sido indiferente. Así vi reconciliarse en la desgracias personas que por mucho tiempo no se habían cruzado una palabra, deponer sus odios mutuos y tratarse fraternalmente.
Seguí caminando y cuando me acerqué a mi casa, ya nada me sorprendió, pero si me quedé estupefacto al reconocer los sitios en que nos habíamos salvado milagrosamente todos los de mi hogar. Los departamentos contiguos a la calle, con excepción de mi oficina, colocados de este a oeste, habían caído completamente al sur; el resto de las habitaciones quedaron en pie, pero en un estado ruinoso. De mi modesto ajuar solo asomaban algunos muebles rotos, por entre el hacinamiento de cañas, maderas, tejas y terrones; por todas partes mis papeles dispersos, y las gallinas picoteando libremente en lo que antes fuera sala o dormitorio. Toda la vajilla y objetos de comedor, que estaban un poco a la vista, habían sido ya sustraídos por manos criminales. Igual cosa sucedió más tarde con algunas alhajas de mi esposa y otras prendas bien conocidas.

Pude conseguir un poco de leche caliente que llevar a mi familia, y a continuación me eché a andar por todos lados en busca de algunas provisiones con que calmar el hambre, particularmente de los niños. Difícilmente se conseguían algunas galletas y golosinas en aquellos establecimientos que no habían caído todo; los dueños de carnicerías repartían entre los primeros que llegaban, la existencia que tenían para la venta, y que se pudo sacar sin mucho trabajo en algunas partes. Cuando más tarde llegó el primer coche de San José con algunos sacos de pan, multitud de personas se todas clases y condiciones pugnaban por obtener siquiera un bollo. De nada valía a nadie traer dinero, porque no había que comprar ni quién vendiera. Y aquellos fueron momentos en que el espíritu caritativo resplandeció de modo admirable, aun entre los mismos damnificados, que procuraban socorrerse mutuamente con lo poco de que cada cual disponía.

Nadie mencionaba sus pérdidas materiales; y objetos de valor eran mirados con indiferencia por sus dueños, que tenían el pensamiento fijo en el propio dolor o en el ajeno por las irreparables pérdidas de vidas que ha sido lo más conmovedor de esta tragedia. El primer entierro con que me encontré en la calle, como a las seis de la mañana, fue el del apreciable padre de familia don Jesús Pacheco Cabezas. En seguida pasaba otro, y luego otro, en hombros de los deudos o amigos, y después…una funeral procesión en que los coches y carretas no se daban tregua, como tampoco se la daba la ambulancia en el acarreo de heridos y quebrados al kiosco central.

CONTINÚA EN LA SIGUIENTE ENTRADA.

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