sábado, 5 de octubre de 2013

El volcán Turrialba, un volcán olvidado (Tercera Parte)



El volcán Turrialba, un volcán olvidado (Tercera Parte)

Ricardo Fernández Peralta

Revista de Costa Rica, diciembre de 1921 y enero de 1922, Año III, números 4 y 5.



Aprovechando el ofrecimiento que nos hacía el señor don David Gutiérrez para que visitásemos la hacienda de la sucesión de su señor padre don Francisco, situada al pie del Turrialba, hice en febrero próximo pasado (1921) en compañía del señor don Efraín Gutiérrez y de mi hermano Álvaro Fernández un viaje al volcán olvidado.

El 21 de febrero último partimos de Cartago a las 9 horas, seguimos el camino que conduce al pintoresco pueblecito de Cot, al cual llegamos en hora y media. Continuamos el camino de “El Titoral”, pasamos el río Páez y, como a las diez minutos de marcha, llegamos a las corrientes de lava del Irazú que descienden desde unos cráteres parásitos situados en la falda SE, como a 2500 metros sobre el nivel del mar. Estas corrientes son muy antiguas, de lava porosa; cubren una gran zona de terreno en forma de abanico y se extienden hasta el río Reventazón. Casi una hora tardamos en atravesarlas; bien es cierto que los caballos andaban despacio, debido a la fuerte gradiente del terreno y a la gran cantidad de fragmentos de lava que cubren el camino. Estas corrientes tienen un ancho de ocho kilómetros próximamente en donde las cruza el ferrocarril a Limón.

A las 12 horas llegamos al caserío Santa Rosa, situado sobre la corriente de lava y al pie de uno de los cráteres que he mencionado antes, llamado Cerro Pasquí. Este es de forma cónica bien definida y se destaca perfectamente de la gradiente regular de la falda, viéndose muy bien desde Cartago. Al NW quedan situados dos  cráteres más que forman un solo cono llamado Los Hoyos, y al cual el señor Tristán y yo proponemos que se le designe con el de Frantzius, en recuerdo del sabio alemán.

En 1918 visité estos cráteres en compañía del geólogo inglés David I. Sutherland, pero desgraciadamente no disponíamos más que de una hora, tiempo apenas suficiente para una visita ocular de la región. El señor Tristán y yo nos proponemos, tan pronto como sea posible, hacer una descripción de estos interesantes cráteres.

Seguimos nuestro camino desde el cual gozábamos de un hermosísimo panorama sobre el valle del Guarco y de la cuenca del Reventazón; como a las 13 horas llegamos al río Birrís en donde almorzamos. El buen tiempo que hasta aquí habíamos tenido cambió y una débil lluvia comenzó a poco de haber pasado el río. El camino que recorríamos termina en la hacienda de los señores Cruz. Continuamos por potreros de dichos señores, pasando por diferentes secciones de la hacienda de la sucesión de don Alberto González. Nos hallábamos en la repuntada región ganadera de Coliblanco.

A las 15 horas llegamos al portón La Esperanza, punto culminante del camino, casi 3000 metros sobre el nivel del mar. Desde aquí comenzamos a descender, lamentándonos de no poder disfrutar de la bella vista que ofrece al viajero este lugar, pues nos encontrábamos envueltos por una densa niebla y una friísima lluvia. Una hora después entrábamos en la afamada hacienda de ganado Don Chico Gutiérrez. Me sorprendió inmediatamente el hecho de que en los potreros hay gran cantidad de árboles, que les dan el aspecto de parquecitos ingleses; manifesté mi sorpresa al joven Gutiérrez que nos acompañaba, y me contestó que su abuelo Francisco había conservado los árboles para evitar la sequía de los pastos, por ser aquella región muy pobre en agua durante la estación seca. Es digno de mención el hecho de que el señor Gutiérrez, sin campanillas de nuestros cultos agricultores, hubiese comprendido que la tala despiadada de nuestros bosques es el mayor de los males que se puede hacer a la patria y así mismo.

El tiempo mejoró; de pronto desapareció el denso velo que nos rodeaba y pudimos contemplar el majestuoso cono del Turrialba, a más de 700 metros de altura sobre nuestra situación, casi desprovisto de vegetación y coloreado por los últimos rayos del sol poniente. Al llegar a la hacienda, una buena comida nos reconfortó de las fatigas del viaje y el intenso frío, y a las 20 horas dormíamos, después de haber preparado nuestra ansiada ascensión al volcán, que verificaríamos el siguiente día.

A las 7 horas del 22 de febrero de 1921 emprendíamos la marcha en compañía del administrador de la hacienda don Pedro Casasola, quién nos proporcionó todos los medios para la realización de nuestro viaje. Nos dirigíamos hacia el este a través de potreros, bordeando la base del cono; luego continuamos por el sendero Los Quemados, pasamos un riachuelo que estaba completamente seco y llegamos a un potrero situado sobre la falda sur del volcán. Volvimos hacia el norte y ascendimos por él lentamente, hasta un punto situado al pie de la base del cono; este se veía imponente, cubierta su cima de densa niebla que el viento del NE renovaba sin cesar, lo cual nos causó gran disgusto, pues pensamos que fracasaría nuestro viaje.

Seguimos nuestro camino, pasamos a la hacienda de don Luis Fernández, que se extiende sobre gran parte de la pared sur del cono, y continuamos ascendiendo por ella. Los caballos subían lentamente debido a la fuerte gradiente, y más aún cuando llegamos a la zona cubierta de escorias, en donde los valientes animales apenas podían sostenerse en pie. A las 9 horas desmontamos en el borde sur del cráter que se nos presentaba completamente despejado. Inmediatamente emprendimos la marcha hacia el pico del NW, llamado San Carlos en los relatos anteriores y que es el punto culminante, desde donde se domina perfectamente todo el cráter. A las 9 horas y 45 minutos, instalaba sobre su cima los instrumentos para la determinación de la altura del volcán, y me preparaba para efectuar las observaciones a las 10 horas, simultáneamente con las que verificaría el ingeniero don Rafael Tristán en el Observatorio Nacional de San José.

La cima del Turrialba es un cono truncado, alargado de NE a SW, surcado por la erosión de las aguas de lluvia, que forman verdaderos torrentes durante el invierno. El cráter es elíptico, de más de 1500 metros de largo por unos 700 de ancho, las paredes son casi verticales y está bordeado de agudos picos unidos por aristas. Se distinguen perfectamente tres cuencas cratéricas: la del Este, indudablemente la más antigua, es casi circular; se conserva en ella todavía una boca anular (IV en el croquis) de unos 20 metros de profundidad, al cual fluyen las aguas que se recogen en esa cuenca cratérica, y que poco a poco se va colmando con los materiales de acarreo.

Croquis del cráter del volcán Turrialba en 1921 realizado por Ricardo Fernández Peralta


La cuenca central parece haber sido objeto de muchas modificaciones y haber tenido varias bocas de las cuales no queda hoy más que una, situada al WSW que debe ser la última de esta fase de la actividad del volcán. Esta boca tiene la forma de un embudo (III en el croquis); al norte y al oeste de ella hay varias grietas por las cuales corre hacia el fondo de la boca el agua de lluvia de la mayor parte de la cuenca central. Muy cerca de su borde norte se halla un grupo de fumarolas en actividad; al oeste las hay también en gran número sobre la pared divisoria con la cuenca occidental. Al este de esta boca hay una hendidura en forma de media luna, parte sin duda del borde de otra más antigua. Las dos paredes transversales de que habla el Dr. Sapper, situadas al norte y al sur de esta boca, han desaparecido, posiblemente debido a la erosión de las aguas. El suelo de esta cuenca se ha regularizado mucho; está formado de escorias y arenas negras bastante finas, y se nota ya la acción del tiempo sobre esta parte del cráter inactiva hace ya muchísimos años.

El foco eruptivo, como lo hace ver el Dr. Sapper, parece indudable que se desplazó de NE a SW, dando origen a la formación de las tres cuencas que forman hoy el gran cráter elíptico del Turrialba. La cuenca oeste parece ser la de formación más reciente, en la cual se produjeron las erupciones de 1864, 1865 y 1866, y muy probablemente la que ya daba lugar en 1723 a la columna de humo que en esa fecha se veía. Esta cuenca comprende tres bocas, de las cuales solamente se conserva bien la número II, que se ha rellenado mucho debido a los derrumbes de la pared norte de la cuenca. Esta boca ha tomado una forma elíptica por haberse unido completamente a la boquilla de hundimiento situada al sur, la cual se distingue aún bastante bien. Pude ver dos grupos de fumarolas en actividad, uno en el borde norte de la boca II y el otro al oeste, sobre la pared de la cuenca. De la boca I no hay más que el fondo, pues la pared del oeste de la cuenca se derrumbó destrozándola por completo, formando un plano inclinado hacia la boca II.

Las terrazas que señala el Dr. Sapper al norte de la boca II, y que designa con las letras A y B, son la parte del terreno que se ha derrumbado dentro de ella. La situada al SE de esta cuenca y que se designa con la letra C, y la grande al ESE de la cuenca central con la D, se conservan todavía, especialmente esta última, que es de dimensiones considerables. Como muy lógicamente lo supone el Dr. Sapper, estas terrazas son restos del fondo de un gran cráter situado a 70 metros más alto que el fondo del actual. A mi juicio, en ellas se encuentra la explicación de la formación de los picos que rodean el cráter del Turrialba, pues es muy probable que los bordes de este antiguo cráter más elevado, estuvieran situados a la misma altura de las cimas de estos picos, y cuando éste se apagó y principió luego la formación del actual, las paredes del cono, débiles por su constitución, se rompieron, conservándose solamente las paredes más consistentes, a las cuales la lluvia poco a poco les ha dado la forma aguda que hoy tienen.

El estado de actividad no parece haber variado mayor cosa desde 1899, pues los cambios ocurridos son los corrientes: formación y extinción de fumarolas; no parece que la actividad del Irazú se haya manifestado en el Turrialba.

Desde el pico del NNW gozamos de un panorama espléndido, a pesar de que el tiempo no nos era favorable, veíamos gran parte de la zona bananera, las llanuras del norte surcadas por innumerables ríos que fertilizan y hace aquella región una de las más ricas del mundo. Sentimos mucho no haber visto los cráteres de que habla el señor Pittier, situados al este y a un nivel muy inferior al de la cumbre del volcán, pero las nubes los cubrieron durante todo el tiempo de nuestra permanencia en la cima.

Hacia el medio día las nubes nos rodearon y bien pronto nos encontramos en una isla en medio de un inmenso mar blanco; solamente divisábamos la cumbre gris del Irazú, que humeaba ese día débilmente. Regresamos al oeste de la cuenca occidental en donde hay una gran arista dirigida al SW, formada por escorias, arenas y bombas cuya formación se debe probablemente a la acumulación de materiales lanzados por las erupciones y llevados allí por los vientos dominantes del NE. En esta región encontramos una bomba volcánica en buen estado, de unos 30 por 45 centímetros, y de la cuál tome una fotografía.

Renuevo mis más sinceros agradecimientos a don David Gutiérrez, quién tuvo para nosotros toda clase de atenciones, y a los señores don Efraín Gutiérrez y don Pedro Casasola, quienes nos acompañaron amablemente en todos nuestros viajes.            

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